28 ago. 2009

En susurros



Un día cualquiera notamos como el sol esta jugando con nuestra piel justo en esa zona que llevaba tanto tiempo en la más absoluta oscuridad. No lo entendemos, nada ha variado en ese instante concreto, pero el calor que sentimos no ofrece ninguna duda: esa puerta de nuestra vida que creíamos cerrada para siempre, de pronto, se ha abierto.

De a poquitos vamos recuperando las antiguas sensaciones, esas que creíamos perdidas, la ternura, la ironía, el juego compartido, las lecturas a medias, las críticas cinéfilas, las amarguras laborales, las enfermedades mutuas, las horas robadas al sueño, los días especiales en los que sonaba el teléfono y esa voz titubeante te acunaba durante horas ....

Y uno no acaba de comprender cómo se pudo cerrar aquella puerta, aquel día olvidado de su pasado. Sin motivos, sin por qués, sin explicación alguna. El discurrir diario fue marcando su ritmo y un día, sin más, ya se había cerrado. Sin ruido, sin portazo alguno, casi como sin querer.

Desconoces también cómo ha podido abrirse de nuevo. Qué te llevó a enviar ese mensaje cifrado en una botella como si fueras un naufrago perdido en una isla desierta. Lo enviaste sin meditar, por pura intuición. Ese gesto bastó para que el candado, pese a su herrumbre acumulada, se deslizara hasta el suelo y la puerta, nuevamente, se abriera.

O, tal vez, piensas ahora con calma, la puerta nunca se cerró del todo ..... quizás sólo se entornó, a la espera de que un susurro especial volviera a balancear sus goznes.


(Seguiré susurrando, muy bajito, con tomate incluido, para que no vuelva a cerrarse)





25 ago. 2009

Horizonte




Todo es cuestión de tiempo. Lo escuchamos desde pequeños pero es preciso crecer para comprenderlo. No hay nada que se consiga a la de ya, nada que nos satisfaga inmediatamente, nada que aprendamos a valorar sin contar con el tiempo.

Cuando la vida aprieta, y mira que le gusta hacerlo, no queda otra que apretar los puños y dejar que pasen los minutos, de a poquitos.

Con la llegada de las arrugas y las canas una debe reconocer que, al menos, ha aprendido eso: a jugar con el tiempo.



Hace un año viví un momento de esos de apretar los puños .... El tiempo lo pone casi todo en su lugar, casi todo ....

21 ago. 2009

Inocencia


Hacía tanto frío que, cada vez que hablaba, una nube de vaho se desprendía de su boca. Las manos se le habían quedado heladas incluso con esos guantes nuevos que los magos de oriente le habían dejado bajo el árbol. Lo único que quería en aquel momento era llegar cuanto antes al colegio y poder entrar en su clase en donde estaría calentito. Aun así, volvió a pararse en el mismo sitio de siempre, no podía evitarlo. El hombre tenía que estar pasando mucho frío, mucho más frío que él. No tenía guantes, ni bufanda, ni siquiera un buen abrigo. Sus padres se lo habían explicado una y otra vez pero él seguía sin entenderlo. ¿Por qué estaba allí, tirado en el suelo? ¿Por qué nadie le ayudaba? ¿Tan malo era que no había nadie que le dejara entrar en su casa?

Camino de vuelta, se detuvo nuevamente ante él. A aquellas horas ya estaba despierto, sentado sobre los cartones, mirando sin ver a nadie, ni siquiera a él, que le observaba fijamente intentando comprender. A punto estuvo de quitarse sus guantes y ofrecérselos, pero, una vez más se dio cuenta de que eran demasiado pequeños para él. Su madre retrocedió hasta su altura y, como cada día, se dejó arrastrar por ella hacia su casa.

Con la merienda en la mano se situó en la ventana desde la que podía verle, allá a lo lejos. Había empezado a llover y el hombre seguía sentado, sin moverse. Se acordó de aquella vez que se había enfadado tanto con su primo que no pudo evitar empujarle y hacerle caer por la escalera. Sus padres le habían regañado mucho, pero, no le habían echado de su casa. O de aquel otro día en el que, jugando, tiró la mesita de casa de su abuela y todas las muñecas de porcelana se hicieron añicos. Las lágrimas de la pobre mujer resbalaban por su cara en silencio, y él se puso sumamente triste, pero nadie le obligó a quedarse sentado en la calle por ello.

No lo pensó más, su madre estaba entretenida en la cocina, agarró el chubasquero y, manzana en mano, cruzó la calle hasta situarse, de nuevo, frente al hombre. Se quedó allí varios minutos, sin saber qué decirle. Después, estiró la mano y le ofreció el resto de su manzana. El hombre fijó por vez primera su mirada en él y la retuvo ahí unos momentos, imperturbable. Aceptó la fruta ofrecida y, muy despacio, empezó a comérsela, sin ansia alguna, mientras seguía mirándolo. Finalmente, se atrevió a decirle si podía hacerle una pregunta. El hombre no respondió, se limitó a inclinar ligeramente la cabeza, afirmando. Lo pensó un poco, no quería equivocarse con las palabras. Volvió a fijar en él sus ojos claros, y, ya sin miedo, le preguntó: ¿qué has hecho para que tus papas te hayan echado de casa?. El hombre cerró los ojos, un instante apenas, y, tras abrirlos, le contestó: ya no me acuerdo.

18 ago. 2009

Miradas



Sentía cosquillas, le picaba la nariz, cientos de hormigas paseaban por sus dedos y un hormigueo extraño le recorría las piernas. Escuchaba susurros, máquinas en funcionamiento, ligeros pitidos. El aire tenía un olor extraño, alcohol mezclado con sudor y desinfectante. No quería pero se obligó a abrir los ojos, despacio, muy despacio. La luz le deslumbró al principio, como si alguien le hubiera colocado un foco potente frente a los ojos. Fue situando el espacio a su alrededor sin atreverse a girar la cabeza. Estaba en una cama, cubierta de cables conectados a diferentes partes de su cuerpo. Su visión era borrosa y alzando la mano izquierda comprobó que no llevaba sus gafas. Entonces escuchó unos pasos y una voz que le preguntaba cómo se encontraba. Al instante la habitación se llenó de personas, cada una ocupándose de una máquina distinta y tocándole por zonas. Hablaban entre ellas, se comían el espacio, se alternaban en hacerle preguntas ....

A ratos dormitaba, sueños mínimos que abandonaba con la garganta seca y una sensación de inmenso terror. No recordaba nada. Le habían hablado del accidente, de su situación, de la amnesia temporal, de la tranquilidad que requería para ir recuperándose poco a poco. Pero no sabía quien era, cómo se llamaba, quienes eran aquellos que acudían a verla a diario y eso le paralizaba. Se lo habían explicado pero ella seguía sin saber. Sin recordar. Sin sentir. Su propio cuerpo le resultaba extraño con aquellos dolores que llegaban sin avisar dejándola casi sin sentido.


En los ratos buenos, cuando se sentía sola y se hacía el silencio, se interrogaba. Preguntas y preguntas que no obtenían respuesta alguna porque en su mente sólo existía un inmenso vacío. Cuando estaba acompañada cerraba los ojos e intentaba escuchar las voces, paladearlas, apurarlas ... Nada, no le decían nada, los sonidos pasaban por su lado sin que fuera capaz de reconocer tono alguno. Cuando alguna visita lloraba ante su silencio intentaba seguir el rastro de esas lágrimas buscando en su recorrido instantes del pasado ... inútil, todo era en vano.


Esa mañana cualquiera ya había dejado de intentarlo. Se limitaba a estar allí, dejándose mirar, absorta en el rayo de luz que se colaba por la persiana entreabierta. A su alrededor se producían conversaciones que no seguía, preguntas que no contestaba, suspiros que no le dolían. Aquellas personas no hablaban con ella porque no sabían quién era ella sino quien había sido, le contaban historias que no reconocía, en las que no se veía. Asistía por tanto a la lectura de un relato del que no era la protagonista. La puerta se abrió lentamente y alguien entró en la habitación. Se acercó a la cama, despacio, se agachó para ponerse a su altura y la miró. Sus ojos la recorrieron entera, deteniéndose de a poquitos en todo su cuerpo, rozándola sin tocarla. Y, entonces, sucedió. Reconoció aquella mirada, burbujeante y clara, aquellas arrugas contorneando los ojos que originan las sonrisas de toda una vida, aquella luz verdosa que jugaba a perseguir el brillo del sol en su cara. En ese instante, lo supo. Supo sin duda alguna que esos ojos eran quienes le acompañaban, acunaban, divertían y reflejaban cada día. Estiró la mano y se aferró a esos dedos que se acoplaban perfectamente a los suyos, reconociéndose en su tacto. Se sintió en casa, sonrió y se dispuso a dormir, por primera vez desde que se incorporó a ese presente extraño, sin pesadillas.


13 ago. 2009

Fotografía


Había estado colgada ante ella desde siempre.

Sus primeras papillas las derramó en su honor; el diente que entregó al ratoncito pérez se reflejó en el cristal que la protegía; sus lágrimas adolescentes por aquel chico pecoso que no malgastaba ni un segundo en mirarla rebotaron sobre ella con amargura; el brindis que hizo cuando se licenció dejó pequeñas marcas en su esquina izquierda; la sonrisa cuando aterrizó en casa con su primer hijo quedó sellada en el ángulo contrario; el día que decidió empezar a caminar de nuevo sola lo festejó dejando que una copa de cava se destrozara justo en la pared que la sujetaba .....

Cambió de domicilio, de ciudad, de país, de amigos, de amantes, se transformó mil veces. La fotografía mudó con ella, se fue haciendo vieja, de a poquitos, fue perdiendo su color, amarilleó, concibió arrugas. Algunas noches, cuando el mundo se hacía silencio, se sentaba frente a ella, respiraba tranquila y se dejaba mecer por su historia, reconociéndose en cada esquina del papel, en cada brillo apagado, en cada instante retenido al tiempo.

Cuando fueron a recoger sus pertenencias sólo necesitaron una pequeña caja de cartón. Un sencillo anillo, un par de cartas con matasellos ilegibles y un dibujo que alguno de sus nietos le había enviado unas navidades. Apoyada en la pared, esperando su nuevo destino, estaba la vieja fotografía. Sin marco, sin cristal, una fina lámina en la que apenas se podía definir una imagen concreta. La puerta se cerró y nadie se dió cuenta del pequeño sonido que se escuchó cuando la fiel compañera se desplazó hasta el suelo.


11 ago. 2009

Escapada



Lo normal es que vaya detrás nuestra, pero, a veces, se adelanta y tenemos que correr para alcanzarla. Esfuerzo vano, si nos ha superado es que hemos cometido un error. Uno de esos mínimos, sin importancia, de esos que se dan tan a menudo en la vida. Puede que nos hayamos detenido en un lugar inapropiado; tal vez, nos hemos quedado pensando dos minutos más de lo debido en esa trampa idiota que alguien nos tendió; o, por qué no, es posible que hayamos malgastado más de una reflexión en aquello que, de tan trillado, hace años que deberíamos haber olvidado.

De pequeños, su descubrimiento es una fiesta. ¡Es tan fácil encontrarse con cualquier niño, en un parque, jugando a atraparla! Con el paso de los años nos olvidamos de ella, estamos tan acostumbrados a que nos siga que, ese día sin marca en el calendario en el que descubrimos que ya no está, nos quedamos asombrados, sin entender cómo y por qué ha ocurrido tal fatalidad.

Ese reflejo oscuro que somos nosotros, a veces, se aburre de nuestra vida y decide escaparse para experimentar sus propias vivencias. Todo aquello que nosotros no nos hemos atrevido a probar, a saborear, a paladear. En ocasiones, muy de cuando en cuando, volvemos a tropezarnos con ella. La reconocemos porque mantiene nuestro olor, pero, es ya muy diferente a la que recordábamos. Se la ve más joven, más ligera, más alta. Puede, incluso, que se detenga un instante a observarnos, con esa risa ladeada del que lo sabe todo y prefiere no decir nada.

6 ago. 2009

Mañana de locos


Uno se levanta como cada mañana, bostezando, dudando si estampar el despertador en la pared o sacar los pies de la cama. Se pide calma, se toma un café, se pega una ducha para quitarse las telarañas, se deja caer hasta el metro y se dispone, libro en mano, a soportar esa horita diaria de su vida, más la de vuelta, que transcurre entre túneles y sudores, propios y ajenos.


Es lo que hay, la aceptación de que en este mundo se ha venido a sufrir se produjo hace ya tiempo. De modo que uno abre la puerta de su lugar de trabajo y se dispone a perder, un día más, esas ocho horas que tardan en pasar como si se tratara de ocho años. Lo que es imposible predecir es que, además de esa lotería, con la que ya cuentas, hoy, por ser tú, te vas a ver envuelta en una de esas que, si la cuentas, nadie te va a creer. Llamadas telefónicas que prosiguen conversaciones que ya creías cerradas, contestaciones intempestivas, alucines varios, ganas de estrangular a alguien en particular .... Y, todo, porque ya casi nadie se preocupa de realizar correctamente su trabajo, porque es más fácil cometer un error y salir corriendo, y, si el tren descarrila, que no le pille en el andén. Cuando medio has desvelado el secreto del enjambre que ha motivado todo no puedes hacer más que quedarte con cara de boba y decir eso de ..... ¡no puede ser!


Pero es, y, en el entreacto, te has pasado más de cuatro horas discutiendo con unos y con otros y has conseguido ponerte de los nervios. Y, lo peor, lo peor de todo, es que tienes que callarte lo que realmente piensas porque, en caso contrario, es posible que pierdas la partida ..... ¡Que malito es esto de depender de los demás!
Voy a ver si limpio el tenderete y consigo llegar a casa sin más novedad (cruzaré los dedos que todavía queda mucho día por delante).

4 ago. 2009

Reflejo


Fotografía: Alfredo Martin


Un reflejo, eso es lo que somos la mayoría de las veces, un simple reflejo. Un reflejo de lo que nos gustaría ser, de lo que pensamos que deberíamos ser, de lo que deseamos llegar a ser, de lo que los demás consideran que debemos ser .... Un puto reflejo.

Y se nos va la vida en su persecución, vamos por el mundo observándonos en todos los espejos, en todas las miradas ajenas, en cada escaparate, en cada charco de la calle. ¿Seré o no seré? ¿Lo habré logrado por fin? ¿Estaré cerca del objetivo? Y, mientras tanto, mientras caminamos sin avanzar, las cosas chiquitas, las que de verdad importan, se quedan arrinconadas a nuestra vera, sin que nos demos ni cuenta.

Un día, sin avisar, al vernos reflejados, nos vemos. Tal y como somos, con el interior latiendo en la garganta. Ese día una sonrisa amarga desprenderá la hiel del tiempo perdido, del dolor inutilmente sufrido, de cada instante único que no llegamos a deglutir. Por un reflejo, todo, por un simple reflejo.