23 abr. 2010

Un año más ...




Y ya he perdido la cuenta. Única fecha al año que intento celebrar. Primer año en muchos que consigo hacerlo como a mí me gusta: regalando un libro. Adquirido a última hora, casi sin pensarlo. Allí estaba yo, parapetada bajo la lluvia, y, a mi lado, ese título que mi plural tenía ganas de leer, y ..... bueno, el libro se vino conmigo, cómo no.

Es difícil verme en cualquier sitio sin un libro a mi vera, desde que era chiquita las historias escritas me han acompañado. Creo que todo empezó cuando mi abuela me relataba cuentos de su tierra, con aquella voz de terciopelo que sólo utilizaba para enamoriscar a sus nietos. Pasado el tiempo comprendí que había otra manera de llegar hasta la magia narrada cuando La Chaponina no estaba cerca y .... el flechazo fue absoluto, uno de esos amores que caminan con una para toda la vida. Primero fueron tebeos, luego aquellas novelas de amor que mi madre tenía guardadas en el baúl de los recuerdos y que consiguieron que ella aprendiera a leer, después las posesiones de aquel vecino que estaba encantado de que alguien mostrara interés por ellas, y, por último, el amplio mundo de las bibliotecas. Creo que leí de todo, a destiempo, seguramente a deshora, sin entender la mayoría de las veces la esencia de lo que leía, pero ... a cambio, el gusanillo de la lectura se convirtió en mi compañero.

No hay nada que me guste más que regalar un libro ya leído y manoseado, con las hojas cubiertas de mis huellas dactilares, con alguna pestaña, y, por qué no, con el recuerdo de alguna lágrima. Es el mejor regalo posible, para ofrecer y para recibir, la historia que alguien escribió con la intención de aquel que la ha leído y que se ha dejado apasionar por ella.

Cualquier día se puede regalar un libro, pero .... no sé, un día como hoy, parece que tiene otro sabor. Algún día tenía que ser como el resto del mundo y adoptar una fecha en el calendario para algo ....

Que ustedes lo lean bien, que lo disfruten y que logren que alguien lo disfrute a su lado.

21 abr. 2010

Allí donde descansan los afectos


Con la edad ganamos en experiencia lo que perdemos en naturalidad, en intuición, en derrocharnos. El que no reconozca que se ha dejado la piel envuelta en los abrazos de mil amores de la infancia es que ha decidido prescindir de su memoria. Hemos querido y nos han querido, hemos tenido nuestra más mejor amiga, que decíamos de pequeñas, y, cómo no, nos han roto el corazón cientos de veces. El tiempo, después, ése que es tan esquivo, ha conseguido que, con las canas, todo aquello se haya ido olvidando para transformarse en un mínimo recuerdo que nos hace sonreír, muy de cuando en cuando.

Los afectos adultos son otra cosa, algo muy diferente. Estás porque tienes que estar, sientes cariño, preocupación, admiración, ternura .... pero todo es de otra manera. Ya no vas a sentir que te tiemblan las rondillas ante una puñalada trapera, no vas a dejar de dormir porque alguien te retiró el saludo, no vas a quedarte acongojado y suspirando semanas enteras ante el último agravio de la lista. Y, tampoco, porque ambas sensaciones van siempre unidas, te vas a volver a sentir tan unida a alguien, tan especial, tan única, como cuando de pequeña sabías que tenías un amigo. El amigo. Ese que sabías que te iba a respaldar, pasara lo que pasara, ese que se partía la vida si hacía falta por ti, ese que te comprendía con sólo guiñar un poco las pestañas.

De cuando en cuando una siente ganas de volver a aquel momento único y especial en el que sabía, perfectamente, donde descansaban los afectos.

18 abr. 2010

Dos minutos ... y medio





Fin de semana extraño, de aquí para allá, casi sin nada premeditado. La lluvia que va y viene, conversaciones telefónicas que requieren toda la paciencia y más, dormir lo necesario para que la próxima semana no la empiece bostezando, ese ir contándose de a poquitos ahora que conozco el final.

El 30 de junio como una amenaza y una esperanza febril, unas risas con cañas e imaginarse de despedida de soltera con aquella a la que más quiero y con la nueva hermana que me regaló el destino, el contarse vomitándose entera pero sabiendo que nunca se cuenta una del todo, o, al menos, no ante ella, el periódico que no me ha dado tiempo a abrir, el paseo que no me he llegado a dar.

Y este pobre rincón aquí, muerto de hambre, reclamándome con mimos que le de algo de comer. Así, a la ligera, unas hormiguitas negras. Escasas pero sentidas, como todas las mías. Pronto hago un hueco. De verdad de la buena que sí.


1 abr. 2010

Días



Van pasando, uno detrás de otro, imperturbables. Y ocurren cosas. Buenas, malas, regulares. Ilusiones que se caen, carreras por la ciudad para intentar eso tan imposible de estar en dos sitios a la vez, recibir palabras que uno no pensó nunca que llegaría a escuchar, mirar hacia arriba y que una voz infantil reclame tu presencia, verse sitiada por dos criaturas que quieren llamar tu atención a la vez, ejercitar de manicura con una mano mientras con la otra acaricias la pelusilla que empieza a asomar de una cabeza recién rasurada, equivocarse en dónde más duele y tener la entereza de reconocerlo, rehacer un cálculo y encontrarte con una agradable sorpresa, vislumbrar una sonrisa en aquel al que hace tanto tiempo que ya no reconoces y rememorar antiguas batallas libradas en esa época en la que sí sabías quién era, desear esconderse una temporada y saber que no puedes hacerlo, tomar decisiones que no sabes si son las correctas …..

La vida y sus cosas, que no dejan de ocurrir aunque estemos en esa famosa semana santa de pandereta, con olor a rancio, a alcanfor trasnochado, a canciones descafeinadas por el uso irreverente y machacón que se hace de ellas. Sentimientos que no puedes creerte por muchas lágrimas de cocodrilo que recorran esas caras humedecidas por la lluvia. Imposibilidad de salir a la calle si no deseas que te amarguen el paseo con esas correrías repletas de luto y miradas del pasado. Rostros famosos que aparecen en la televisión transidos de fe y religiosidad después de haber pagado una cantidad desorbitante por acodarse en ese balcón desde el que observan todo con sus ojos de rata ...

Lo que decía, la vida, que no cambia, ni ella ni yo. Aquí estamos, contemplando la realidad, peleándonos por las mismas cosas y recibiendo el mismo tufo que antes por aquello que siempre nos parecerá un exceso imposible de entender.