26 may. 2010

Patito feo


Como todos hemos sido niños no será necesario que empiece por el principio. Porque siempre hay un inicio para todo, aunque, a veces, como sucede en este caso, nos lo podemos pasar y entrar de lleno en el siguiente capítulo. Ese en el que ya somos grandes, adultos, maduros y, se supone, conscientes de nuestras actuaciones.

Hablemos de un niño, bueno, de un chaval que, por edad, se encontraría en plena adolescencia pero, por su situación especial, es y seguirá siendo mientras viva una criatura. Digamos que se llama Lluis, nos facilitará el relato utilizar este nombre ficticio, y aclaremos que casi no puede hablar, hace gestos raros y ... le encanta que le acaricien. Si eres afortunado, alguna vez, muy raramente, te dará un abrazo, pero, eso, sólo si tienes mucha suerte. Por lo general se limita a acercarse, rozarte y esperar a que le mimes durante todo el tiempo que sea posible. Lluis tiene unos padres que le cuidan y educan y una hermana más pequeña que, a estas alturas, ya es mucho más mayor que él, mucho menos extrovertida y, por qué no añadir el detalle, realmente preciosa. Lluis es un niño feliz, sus padres suelen llevarle siempre a lugares conocidos, sitios en los que son habituales y el entorno les entiende y respeta. Pero ...

De cuando en cuando, hay extraños. Y hay veces que esos extraños tienen a su vera extrañitos, seres chiquitos, niños juguetones que están aprendiéndolo todo y que miran a su alrededor queriendo saber los por qués de todas las cosas. Una criatura como Lluis es un foco de atención increíble cuando de seres pequeños estamos hablando. Es tan distinto que resulta imposible no observarle. La situación no suele pasar a mayores porque, claro está, los responsables de los chiquillos suelen actuar enseguida y reprimen a sus criaturas, explicándoles, de manera que puedan entenderlo, que Lluis está malito, que es diferente, que no deben mirarle fijamente porque le harían sentir incómodo. No obstante ....

Existen responsables a los que deberían quitarles el carné de padres. Por no saber estar, por no fijarse en sus pequeños, por no molestarse en mirar un poco más allá de su plato, por permitir que diez chiquillos señalen, se rían y se queden plantados ante alguien como Lluis, igual que si estuvieran en el circo. No es que a Lluis le importe, él pasa de esas cosas, pero junto a él está siempre su preciosa hermana, que sí escucha, ve, siente y padece, y, como no, sus padres, que, finalmente, optan por irse mientras acarician las cabezas de sus dos pequeños.  

Y, ahora, sí puedo volver al principio. A esa edad en la que no todos hemos sido objeto de burlas por ser el patito feo de la clase pero sí hemos sido espectadores de cómo el resto increpaba a aquellos que habían tenido la desgracia de ser diferentes, más altos, más bajos, más gordos o más delgados. Y, si  volvemos a aquella época, recordaremos fácilmente lo que dolía, lo duro que era, lo mal que lo pasábamos en esa situación. Es tan fácil cambiar esa dinámica que resulta odioso darse cuenta de que, pese a los años transcurridos, los humanos no evolucionamos nada. Es una simple cuestión de educación, el niño aprende lo que le enseñan, si le explican las diferencias las acepta sin más, igual que aprende a leer, a escribir, a saber que todo en la vida no es jugar. Educación .... simple educación. Pero, claro, para eso hay que tener ganas, hay que esforzarse y ... sonará duro, pero, estoy convencida de que es la realidad: hay que tener humanidad, en el verdadero sentido que tal palabra tiene.

El patito feo que fui y el recuerdo de cada herida aún en proceso de cicatrización no me han permitido dejar de vomitar estas palabras .... Espero que me lo perdonéis.

1 may. 2010

Vocalizando el adiós




Veintiún años son muchos, tantos que dan para contar casi de todo. Los principios fueron gloriosos, aquella chiquilla asustada que ni siquiera había tocado un ordenador aprendió rápido en qué consistía jugar en el terreno laboral apostándose entera. Los últimos años de facultad, la necesidad de independizarme, la adquisición de una vivienda y el compromiso de la hipoteca que eso conllevaba, los amores tormentosos y los desamores con su depresión a cuestas .... todo eso lo compartí con mi trabajo y con aquellos con los que me veía o hablaba a diario. Con los años las cosas fueron cambiando y vino la etapa dura, esa en la que una aterriza en la realidad y se da cuenta, de golpe, que es un número y que sólo interesa y es valorado si como tal número acepta lo que los dirigentes ordenan, aunque no sea justo, ni razonable ni siquiera humano.

Ahora, que ha llegado el final (no del todo, pero, casi), lo malo, como siempre, se va olvidando y una no puede evitar rememorar lo bueno y dejarse atrapar por la nostalgia. Ayer, mientras preparaba finiquitos y talones, al teclear los nombres, la historia completa de cada trabajador pasaba por delante de mis ojos: enfermedades, hijos, problemas personales, rachas buenas y malas .... Porque, al final, todo queda reducido a eso, a las relaciones humanas, a aquellos de los que tienes que despedirte sabiendo que va a ser muy difícil que los caminos de ambos vuelvan a cruzarse. Y empieza a sonar el teléfono y uno se va derrumbando con cada palabra escuchada, intentando mantener el tipo pero dándose cuenta de que no va a ser posible sujetar las lágrimas. Anticipas el lunes, en el que tú seguirás estando, todavía, en el mismo lugar, pero ya no escucharás esa voz, ni tendrás nada que pedirle, ni te informará del tiempo que hace en su ciudad, ni te pedirá favor alguno, ni .... Y, te rompes completa. Y, además, dejas que se note, porque encuentras normal que el otro se despida sabiendo lo que para ti supone ese último contacto telefónico.

Justo al final de la mañana, cuando piensas que ya casi está todo dicho, el teléfono imparable vuelve a sonar, estás fuera de tu sitio pero lo alcanzas para que deje de sonar y .... última sorpresa. Aquel con el que pasaste un trámite similar, hace ya seis años, ha decidido llamarte para que no estés sola en un día como ese, para darte ánimos, para acunarte y llenarte de mimos y, una vez más, para agradecerte todo aquello que hiciste por él .... Desde el norte, ese que siento como algo tan mío, te llega su voz llena de sonrisas, contándote cómo le va la vida, lo grandes que están ya sus nietos, la situación laboral de sus hijas, y .... ahí sí que ya no te quedan palabras y te dejas llevar mientras las lágrimas te recorren completa sin que intentes detenerlas, resbalan por tu rostro marcando cada uno de esos años en los que, sentada en aquel lugar, te has dejado la piel intentando que aquello funcionara de una manera humana, con nombres y apellidos en lugar de con números abstractos. No lo hiciste tan mal, te dices, si esta voz del pasado está ahora mismo aquí conmigo.

.... Y, en estas he estado esta última semana, vocalizando el adiós, espero que comprendáis mi ausencia por vuestros muchos lugares y que no me lo tengáis en cuenta.