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30 oct 2009

Soledades




Está allí sentada, entre el bullicio. Una más. No hay nada especial que llame la atención en su actitud, ni demasiado alta, ni extremadamente delgada, su vestimenta es tan normal que se camufla a la perfección entre la de aquellos que la rodean. Mira sin ver, como los demás, y ocupa un espacio tan diminuto que el resto no debe esforzarse para no rozarla al pasar.


Si a cualquiera de las personas que han circulado a su lado le preguntaran, unas horas después, si podían reconocerla, tendrían que ofrecer, por fuerza, una respuesta negativa. Nadie sería capaz de ofrecer dato alguno sobre ella, por mucha que fuera la insistencia al preguntar.


Todo eso pensaba mientras se mantenía allí sentada. ¿Tan chiquita soy? ¿Tan sin sustancia? ¿Tan poco especial? ¿Tan ..... nada?. Llevaba años con el mismo monólogo interno. Día si y día también, sin poder evitarlo, ocupaba las horas con ese razonamiento absurdo. Y, sin percatarse, poco a poco se iba desdibujando de verdad, su cuerpo se hacía cada vez más pequeño y su luz, ese brillo especial que todos poseemos, se iba perdiendo ....


Unos metros más allá, sentado sin ser visto, estaba él. Anodino, gris, absorto. Sin nada que llamara la atención, tan común como el resto de aquellos entre los que se encontraba. Su mirada parecía extraviada, y, sin embargo, se centraba en un solo punto. En una sola presencia. En un solo ser. En ella, a la que observaba detenidamente, sin perderse un detalle. Seguía su rastro desde que un día tropezaron por casualidad y se dió cuenta de que ella ni había sentido el roce. Cada día la esperaba en el mismo lugar, a la misma hora, con la angustia mordiéndole la garganta al pensar que, tal vez hoy, no aparecería. Y, ese día, como el anterior, y el anterior, y, el otro, volvió a decirse la misma frase: Si yo no fuera tan gris, si fuera mas alto, mas moreno, mas interesante ..... Si me atreviera, si me acercara hasta ella ....


7 oct 2009

Amigos


Le dolían los pies después de la larga caminata y sentía los músculos rígidos, a punto de resquebrajarse. Había comenzado a andar sólo para alejarse, sin ningún sitio al que llegar y sin nadie que la estuviera esperando. Un paso tras otro durante horas, sin importar el recorrido.


En algún momento, no recordaba cuándo, había sentido hambre y se había detenido en el primer lugar con el que tropezó en su camino. Tenía la sensación extraña de flotar entre la gente con la que se cruzaba. Hacía horas que se había olvidado del motivo que la llevo a iniciar esa marcha.


Alejarse, olvidarse de él. Tan sólo eso. Como si caminando pudiera dejarle atrás. A él y a esa ella en la que se había transformado. A esos recuerdos que le quemaban la garganta. A cada una de esas ocasiones en las que tenía que haber dicho no, sin dudarlo. A todas las miradas despectivas que soportó de sus ojos. A cada palabra injusta que intercalaba en sus frases. A todas y cada una de sus mentiras. A su forma de acercase a ella ....


Se sentó y por fin se dió cuenta del lugar en el que se hallaba. Frente a ella, mil y una palabras formando párrafos que se agarraban unos a otros hasta convertirse en libros. Sonrió .... era inevitable y decidió descansar un rato más antes de decidir que amigo se llevaría a casa.




2 sept 2009

Volando



Sentada en la orilla contemplaba las olas que se mecían a sus pies. Respiraba ese aroma inconfundible a sal, a brea, a vida, dejando que la impregnara por completo. De cuando en cuando, cerraba los ojos y se dejaba llevar por el antiguo ritmo de la marea.

Mientras estuviera allí, lo demás no existía. Las prisas, los agobios, las necesidades ajenas, las prioridades, los atascos inmundos de la ciudad. Nada de eso llegaba hasta su pequeño rincón de arena.

Con cada aspiración marina volvía a ser, de nuevo, aquella niña prendida a una coleta que, en blanco y negro, se balanceaba en un columpio urbano. Mas alto, siempre quería llegar mas alto. Sentir como el suelo desaparecía bajo sus pies, volar, alejarse de todo. Colgando del aire no había peligros, monstruos, palabras dolorosas. Observando el horizonte era libre, especial, única.

Sintió una leve caricia en la nuca. Una suave, de esas que te recorren completa sin apenas rozarte. Inclinó ligeramente la espalda y se dejó abrazar .... mientras seguía absorbiendo mar.



21 ago 2009

Inocencia


Hacía tanto frío que, cada vez que hablaba, una nube de vaho se desprendía de su boca. Las manos se le habían quedado heladas incluso con esos guantes nuevos que los magos de oriente le habían dejado bajo el árbol. Lo único que quería en aquel momento era llegar cuanto antes al colegio y poder entrar en su clase en donde estaría calentito. Aun así, volvió a pararse en el mismo sitio de siempre, no podía evitarlo. El hombre tenía que estar pasando mucho frío, mucho más frío que él. No tenía guantes, ni bufanda, ni siquiera un buen abrigo. Sus padres se lo habían explicado una y otra vez pero él seguía sin entenderlo. ¿Por qué estaba allí, tirado en el suelo? ¿Por qué nadie le ayudaba? ¿Tan malo era que no había nadie que le dejara entrar en su casa?

Camino de vuelta, se detuvo nuevamente ante él. A aquellas horas ya estaba despierto, sentado sobre los cartones, mirando sin ver a nadie, ni siquiera a él, que le observaba fijamente intentando comprender. A punto estuvo de quitarse sus guantes y ofrecérselos, pero, una vez más se dio cuenta de que eran demasiado pequeños para él. Su madre retrocedió hasta su altura y, como cada día, se dejó arrastrar por ella hacia su casa.

Con la merienda en la mano se situó en la ventana desde la que podía verle, allá a lo lejos. Había empezado a llover y el hombre seguía sentado, sin moverse. Se acordó de aquella vez que se había enfadado tanto con su primo que no pudo evitar empujarle y hacerle caer por la escalera. Sus padres le habían regañado mucho, pero, no le habían echado de su casa. O de aquel otro día en el que, jugando, tiró la mesita de casa de su abuela y todas las muñecas de porcelana se hicieron añicos. Las lágrimas de la pobre mujer resbalaban por su cara en silencio, y él se puso sumamente triste, pero nadie le obligó a quedarse sentado en la calle por ello.

No lo pensó más, su madre estaba entretenida en la cocina, agarró el chubasquero y, manzana en mano, cruzó la calle hasta situarse, de nuevo, frente al hombre. Se quedó allí varios minutos, sin saber qué decirle. Después, estiró la mano y le ofreció el resto de su manzana. El hombre fijó por vez primera su mirada en él y la retuvo ahí unos momentos, imperturbable. Aceptó la fruta ofrecida y, muy despacio, empezó a comérsela, sin ansia alguna, mientras seguía mirándolo. Finalmente, se atrevió a decirle si podía hacerle una pregunta. El hombre no respondió, se limitó a inclinar ligeramente la cabeza, afirmando. Lo pensó un poco, no quería equivocarse con las palabras. Volvió a fijar en él sus ojos claros, y, ya sin miedo, le preguntó: ¿qué has hecho para que tus papas te hayan echado de casa?. El hombre cerró los ojos, un instante apenas, y, tras abrirlos, le contestó: ya no me acuerdo.

18 ago 2009

Miradas



Sentía cosquillas, le picaba la nariz, cientos de hormigas paseaban por sus dedos y un hormigueo extraño le recorría las piernas. Escuchaba susurros, máquinas en funcionamiento, ligeros pitidos. El aire tenía un olor extraño, alcohol mezclado con sudor y desinfectante. No quería pero se obligó a abrir los ojos, despacio, muy despacio. La luz le deslumbró al principio, como si alguien le hubiera colocado un foco potente frente a los ojos. Fue situando el espacio a su alrededor sin atreverse a girar la cabeza. Estaba en una cama, cubierta de cables conectados a diferentes partes de su cuerpo. Su visión era borrosa y alzando la mano izquierda comprobó que no llevaba sus gafas. Entonces escuchó unos pasos y una voz que le preguntaba cómo se encontraba. Al instante la habitación se llenó de personas, cada una ocupándose de una máquina distinta y tocándole por zonas. Hablaban entre ellas, se comían el espacio, se alternaban en hacerle preguntas ....

A ratos dormitaba, sueños mínimos que abandonaba con la garganta seca y una sensación de inmenso terror. No recordaba nada. Le habían hablado del accidente, de su situación, de la amnesia temporal, de la tranquilidad que requería para ir recuperándose poco a poco. Pero no sabía quien era, cómo se llamaba, quienes eran aquellos que acudían a verla a diario y eso le paralizaba. Se lo habían explicado pero ella seguía sin saber. Sin recordar. Sin sentir. Su propio cuerpo le resultaba extraño con aquellos dolores que llegaban sin avisar dejándola casi sin sentido.


En los ratos buenos, cuando se sentía sola y se hacía el silencio, se interrogaba. Preguntas y preguntas que no obtenían respuesta alguna porque en su mente sólo existía un inmenso vacío. Cuando estaba acompañada cerraba los ojos e intentaba escuchar las voces, paladearlas, apurarlas ... Nada, no le decían nada, los sonidos pasaban por su lado sin que fuera capaz de reconocer tono alguno. Cuando alguna visita lloraba ante su silencio intentaba seguir el rastro de esas lágrimas buscando en su recorrido instantes del pasado ... inútil, todo era en vano.


Esa mañana cualquiera ya había dejado de intentarlo. Se limitaba a estar allí, dejándose mirar, absorta en el rayo de luz que se colaba por la persiana entreabierta. A su alrededor se producían conversaciones que no seguía, preguntas que no contestaba, suspiros que no le dolían. Aquellas personas no hablaban con ella porque no sabían quién era ella sino quien había sido, le contaban historias que no reconocía, en las que no se veía. Asistía por tanto a la lectura de un relato del que no era la protagonista. La puerta se abrió lentamente y alguien entró en la habitación. Se acercó a la cama, despacio, se agachó para ponerse a su altura y la miró. Sus ojos la recorrieron entera, deteniéndose de a poquitos en todo su cuerpo, rozándola sin tocarla. Y, entonces, sucedió. Reconoció aquella mirada, burbujeante y clara, aquellas arrugas contorneando los ojos que originan las sonrisas de toda una vida, aquella luz verdosa que jugaba a perseguir el brillo del sol en su cara. En ese instante, lo supo. Supo sin duda alguna que esos ojos eran quienes le acompañaban, acunaban, divertían y reflejaban cada día. Estiró la mano y se aferró a esos dedos que se acoplaban perfectamente a los suyos, reconociéndose en su tacto. Se sintió en casa, sonrió y se dispuso a dormir, por primera vez desde que se incorporó a ese presente extraño, sin pesadillas.


13 ago 2009

Fotografía


Había estado colgada ante ella desde siempre.

Sus primeras papillas las derramó en su honor; el diente que entregó al ratoncito pérez se reflejó en el cristal que la protegía; sus lágrimas adolescentes por aquel chico pecoso que no malgastaba ni un segundo en mirarla rebotaron sobre ella con amargura; el brindis que hizo cuando se licenció dejó pequeñas marcas en su esquina izquierda; la sonrisa cuando aterrizó en casa con su primer hijo quedó sellada en el ángulo contrario; el día que decidió empezar a caminar de nuevo sola lo festejó dejando que una copa de cava se destrozara justo en la pared que la sujetaba .....

Cambió de domicilio, de ciudad, de país, de amigos, de amantes, se transformó mil veces. La fotografía mudó con ella, se fue haciendo vieja, de a poquitos, fue perdiendo su color, amarilleó, concibió arrugas. Algunas noches, cuando el mundo se hacía silencio, se sentaba frente a ella, respiraba tranquila y se dejaba mecer por su historia, reconociéndose en cada esquina del papel, en cada brillo apagado, en cada instante retenido al tiempo.

Cuando fueron a recoger sus pertenencias sólo necesitaron una pequeña caja de cartón. Un sencillo anillo, un par de cartas con matasellos ilegibles y un dibujo que alguno de sus nietos le había enviado unas navidades. Apoyada en la pared, esperando su nuevo destino, estaba la vieja fotografía. Sin marco, sin cristal, una fina lámina en la que apenas se podía definir una imagen concreta. La puerta se cerró y nadie se dió cuenta del pequeño sonido que se escuchó cuando la fiel compañera se desplazó hasta el suelo.