Sentía cosquillas, le picaba la nariz, cientos de hormigas paseaban por sus dedos y un hormigueo extraño le recorría las piernas. Escuchaba susurros, máquinas en funcionamiento, ligeros pitidos. El aire tenía un olor extraño, alcohol mezclado con sudor y desinfectante. No quería pero se obligó a abrir los ojos, despacio, muy despacio. La luz le deslumbró al principio, como si alguien le hubiera colocado un foco potente frente a los ojos. Fue situando el espacio a su alrededor sin atreverse a girar la cabeza. Estaba en una cama, cubierta de cables conectados a diferentes partes de su cuerpo. Su visión era borrosa y alzando la mano izquierda comprobó que no llevaba sus gafas. Entonces escuchó unos pasos y una voz que le preguntaba cómo se encontraba. Al instante la habitación se llenó de personas, cada una ocupándose de una máquina distinta y tocándole por zonas. Hablaban entre ellas, se comían el espacio, se alternaban en hacerle preguntas ....
A ratos dormitaba, sueños mínimos que abandonaba con la garganta seca y una sensación de inmenso terror. No recordaba nada. Le habían hablado del accidente, de su situación, de la amnesia temporal, de la tranquilidad que requería para ir recuperándose poco a poco. Pero no sabía quien era, cómo se llamaba, quienes eran aquellos que acudían a verla a diario y eso le paralizaba. Se lo habían explicado pero ella seguía sin saber. Sin recordar. Sin sentir. Su propio cuerpo le resultaba extraño con aquellos dolores que llegaban sin avisar dejándola casi sin sentido.
En los ratos buenos, cuando se sentía sola y se hacía el silencio, se interrogaba. Preguntas y preguntas que no obtenían respuesta alguna porque en su mente sólo existía un inmenso vacío. Cuando estaba acompañada cerraba los ojos e intentaba escuchar las voces, paladearlas, apurarlas ... Nada, no le decían nada, los sonidos pasaban por su lado sin que fuera capaz de reconocer tono alguno. Cuando alguna visita lloraba ante su silencio intentaba seguir el rastro de esas lágrimas buscando en su recorrido instantes del pasado ... inútil, todo era en vano.
Esa mañana cualquiera ya había dejado de intentarlo. Se limitaba a estar allí, dejándose mirar, absorta en el rayo de luz que se colaba por la persiana entreabierta. A su alrededor se producían conversaciones que no seguía, preguntas que no contestaba, suspiros que no le dolían. Aquellas personas no hablaban con ella porque no sabían quién era ella sino quien había sido, le contaban historias que no reconocía, en las que no se veía. Asistía por tanto a la lectura de un relato del que no era la protagonista. La puerta se abrió lentamente y alguien entró en la habitación. Se acercó a la cama, despacio, se agachó para ponerse a su altura y la miró. Sus ojos la recorrieron entera, deteniéndose de a poquitos en todo su cuerpo, rozándola sin tocarla. Y, entonces, sucedió. Reconoció aquella mirada, burbujeante y clara, aquellas arrugas contorneando los ojos que originan las sonrisas de toda una vida, aquella luz verdosa que jugaba a perseguir el brillo del sol en su cara. En ese instante, lo supo. Supo sin duda alguna que esos ojos eran quienes le acompañaban, acunaban, divertían y reflejaban cada día. Estiró la mano y se aferró a esos dedos que se acoplaban perfectamente a los suyos, reconociéndose en su tacto. Se sintió en casa, sonrió y se dispuso a dormir, por primera vez desde que se incorporó a ese presente extraño, sin pesadillas.