Mi ciudad, cuando llueve, se desparrama, se vuelve loca, se pierde. Es lo que tiene no estar acostumbrada, imagino. Por eso, ante una época lluviosa, los que la habitamos sabemos que nada bueno puede suceder e intentamos afrontarlo sin desquiciarnos en exceso. Y, he dicho bien, intentamos, porque, a veces, el esfuerzo se queda en eso, en un mero intento.
Asomada a la ventana he suspirado con desaliento: está lloviendo. Bien, era necesario, la capa contaminante que nos cernía el cogote se estaba haciendo más insoportable aún que los socavones con los que nuestro querido señor alcalde quiere que juguemos al escondite, así que ... asumido, tenía que llover y está lloviendo. Cambio en la indumentaria prevista: pantalón, botas, chubasquero, paraguas ... ¡Todos listos para salir! Ahora sólo falta añadir el libro, la bolsa con la tartera, el dominical que no he terminado aún de leer ... La cosa se va complicando, pero, todo controlado, sigo tranquila.
Aterrizo en el metro, empapada (mi ciudad tiene eso también, cuando llueve lo hace en todas las direcciones posibles, para que te entretengas un poco y llegues bien mojada a donde quiera que vayas). Cambio de utensilios de una mano a otra mientras intento encontrar el dichoso billete y empiezo a escuchar esa megafonía tan especial que sólo los usuarios habituales del transporte público sabemos reconocer en lo que vale: Por problemas técnicos, la línea tal no funciona correctamente entre la estación tal y la estación pascual, existiendo una demora estimada en más de diez minutos ..... perdonen las molestias. Sigo tranquila: los problemas están en la otra dirección. Llego al andén .... ¡qué raro! Aquí hay mucha gente, hay mucha más gente de la mucha que hay normalmente ..... Panel electrónico: Por problemas técnicos, la línea está cortada entre la estación tal y la estación pascual durante un tiempo estimado en más de treinta minutos ... perdonen las molestias. Esto ... ahora sí tengo problemas. Antes de esa estación no puedo hacer ningún transbordo .... Ejem, ejem, ejem, la mañana se complica. Tranquilidad, ante todo, tranquilidad. Total ... es una estación, me bajo, me entero de dónde estoy, pregunto y ... camino hasta la siguiente. Sigue estando todo controlado.
Unos veinte minutos más tarde aparece el tren. Ya no sabemos si la línea está bien, si está interrumpida, si vamos a llegar a algún lado, pero ... poco importa. En el andén somos tantos y nos damos tanto calor humano que estamos hasta contentos. No he tenido que decidir si subía hacia lo desconocido o me mantenía en mi lugar de origen: literalmente, he sido engullida. Unos tres cuartos de hora más tarde, sin tener ni idea de por dónde viajaba, la masa humana de la que formaba parte me ha devuelto a otro andén, en el que he tenido que demorarme varios minutos para respirar, recolocarme todos los huesos, comprobar que llevaba todas mis posesiones y no me había quedado con nada que no me perteneciera, y, lo más divertido, averiguar en qué estación de ese mundo subterráneo en el que me muevo a diario estaba.
Cuando finalmente he conseguido llegar a mi puesto de trabajo tenía una pila de recaditos para devolver llamadas; hacía un frío del carajo porque mi distinguido compañero tenía abiertas todas las ventanas, por eso de la ventilación, tan necesaria; el fax había debido estar vomitando durante toda la noche, a tenor de la cantidad de papel que había sobre mi mesa ..... Y, lo mejor de todo, cuando estaba empezando a centrarme, recibo una llamada estupenda de una empresa de trabajo temporal en la que un caballero muy atento me expresa que desea concertar una reunión conmigo para informarme de las contrataciones que podemos hacer utilizando sus ofertas ...... ¡Por todos los diablos! ¡Qué nos quedamos en la calle en unos meses, joder, recochineo ya tengo bastante a diario, vamos, digo yo!
Y, lo mejor, lo mejor de todo es que .... el día no ha llegado ni a la mitad. ¡Ays, menos mal que tengo paciencia!