
Se está muriendo el verano y yo ando por aquí, quemando días. Más mosqueada de lo que esperaba, puede que menos tranquila. Cuando la cotidianidad no depende de uno es fácil enfadarse con las circunstancias. La vida debería ser como un juego de dados en el que la suerte sólo dependiera de la tirada que hagas. Uno sólo ante el destino, sin nadie más metiendo baza en el envite.
Mi ciudad lleva un día llorando y nunca he sido buena compañera de la lluvia. Me deprime, me angustia, me provoca añoranza. En mi vida anterior, en días semejantes, me parapetaba con unos buenos zapatos y salía a la calle a destrozar charcos en las avenidas vacías. Después regresaba empapada y me sumergía en una bañera humeante hasta que sentía que con el agua se había ido todo lo malo, lo gris, lo feo de este mundo.
Curioso este ritmo nuestro que nos impide, a veces, hacer lo que deseamos. Tirar tabiques, aporrear puertas, desatar huracanes. Indefinible esta manía de malgastar el tiempo con sensaciones extrañas. Pasan los años y uno se descubre como ayer, pese a las canas, las arrugas y las migrañas.
Puede que un día aprenda a mantener la luz encendida, ante cualquier circunstancia, pese a todas las eventualidades posibles. Sí, tal vez, un día, uno cualquiera, lo consiga.